JGGC José Gabriel Guayazán Carrillo

Columna · 24 de junio de 2026 · Medellín

Escribir es una manera de mirar

Antes de la palabra está la atención. Escribir empieza mucho antes de la primera frase.

He llegado a creer que escribir tiene menos que ver con las palabras de lo que parece. Las palabras llegan al final, casi como una consecuencia. Lo primero es mirar: detenerse frente a algo —un patio a media tarde, la curva de una escalera, el modo en que alguien apoya las manos al hablar— y quedarse ahí más tiempo del que la prisa permite. Escribir es, sobre todo, una manera de mirar despacio.

La observación tiene un costo que rara vez nombramos: pide renunciar a la conclusión rápida. Mirar de verdad es resistir la tentación de saber de antemano qué significa lo que vemos. Un paisaje no se entrega al primer vistazo; se va revelando a quien vuelve sobre él. Por eso los mejores textos no suelen nacer de las grandes ideas, sino de los pequeños detalles que alguien se tomó el trabajo de notar.

Cuando esa mirada por fin busca palabras, descubre que no todas sirven. La escritura es también un ejercicio de descarte: encontrar el ritmo exacto, la palabra que no sobra, la frase que sostiene el peso de lo que se quiso decir. Hay en eso un parentesco con la arquitectura y con el diseño, oficios donde la forma no es adorno sino estructura, y donde lo que se quita importa tanto como lo que se deja.

Escribir para que algo perdure no es escribir para la eternidad —esa es una vanidad que la página castiga—, sino para que el lector vuelva a mirar lo que creía conocido. Si un texto consigue que alguien repare por un instante en algo que tenía delante y no veía, ya ha hecho bastante. Lo demás es trabajo: mirar, anotar, corregir, esperar. Y volver a mirar.

Por José Gabriel Guayazán Carrillo · Columna publicada el 24 de junio de 2026